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sábado, 19 de noviembre de 2011

MI VECINO DEL PISO 7



Hola, me llamo Rosario pero todos me dicen Ros. Tengo 47 años, casada. Soy ancha de caderas, cintura delgada, senos copa C, erguidos a pesar de la maternidad. En las mañanas, luego de que mi niña se va al colegio y mi marido a trabajar, bajo a comprar el periódico en un puesto cerca de mi casa. Casi siempre el ascensor baja lleno, yo vivo en el piso 13 y en el piso 7 se monta un vecino, mas o menos de mi misma edad, casado tambien. Al principio, cuando nos encontrábamos, el saludo era formal, tan solo un buenos dias y nada más. Pero poco a poco, fuimos teniendo un poco más de confianza y, con otros vecinas y vecinos que bajaban tambien, compartíamos comentarios, sucesos, hechos y, por que no, algún que otro chisme, todo dentro del tiempo que duraba el viaje hasta Planta Baja. Al poco tiempo comencé a notar que mi vecino del 7 me miraba con  ojos pícaros y su saludo venía cargado de doble intención. Las veces que nos encontrábamos solos en el ascensor siempre me besaba en el cachete y me hacía algún comentario: "estás muy linda hoy" o "que bien te queda esa falda..." No puedo negar que sus palabras me alagaban y comencé a vestirme un poco más seductora, con un brassiere que realzara mis senos, alguna camisa muy pegada, o un vestido picarón. Él se daba cuenta de que me vestía así por su causa. No dejaba de sonreirme y regocijarse con mi atuendo. Un día bajé un poco más temprano porque tenía que hacer una diligencia y debía tomar el autobús. Comenzó a llover cuando llegaba a la parada. ¡Qué lata! Estando allí parada se detuvo una camioneta a mi lado, se bajó el vidrio del copiloto y vi a mi vecino que se asomó y me dijo: "Móntate que yo te llevo". Uff que buena suerte la mía! Me preguntó que adonde iba y yo le dije: "Sí pasas por alguna estación del metro, me puedes dejar allí" "No, te llevo adonde vayas, no tengo prisa en llegar, es lo bueno de ser el jefe" Fuimos hablando de cualquier tema hasta que llegamos a mi destino. Cuando me despedía tomó mi cara entre sus manos, la acercó a la suya y me susurró: "Ya tienes quien te lleve a todos lados, tu sólo dime adonde vayas y yo te llevo" y besó suavemente mis labios. Su beso y su aroma a colonia masculina me acompañaron todo el día. Al día siguiente bajé como todos los días con varios vecinos, al llegar al 7 estaba impaciente y al abrirse las puertas allí estaba él, cuando llegamos a la Planta Baja, se retrasó hasta que yo salí y me dijo quedamente: "Mañana espérame en la parada" Por supuesto que tomé su palabra, inventé cualquier excusa y puntualita estaba esperando. Para esa ocasión me puse un vestido que llegaba por encima de mis rodillas, tirantes en los hombros, sin brasiere. Cuando subí a la camioneta, a mi querido vecino se le iluminaron los ojos... "´¿Cómo amaneció hoy la dueña de mis sueños?" Me reí y nos fuimos rodando. Como había mucho tráfico, él aprovechaba para acariciar mi rodilla, la cual había colocado estratégicamente cerca de la palanca de cambio.  De vez en cuando la mano subía hacia mi redondo muslo, haciéndome sentir un calorcito entre las piernas. Me preguntó que adonde iba y yo le respondí: "No tengo rumbo fijo.." "Perfecto" me respondió. Fuimos a un lugar solitario, en la mitad de la montaña que rodea Caracas desde donde podíamos contemplar todo el valle. Empezamos a besarnos, tímidamente primero, bien profundo después mientras sus manos se perdían debajo de mi falda, asombrándose el conseguirse con mi humedad; sacó mi seno derecho de su prisión de tela y comenzó a mordizquearlo. Mi excitación ya alcanzaba su máxima expresión. Busqué su dureza, la saque de su envoltorio y comencé a chuparla. Sus gemidos retumbaban dentro de la camioneta. Mientras yo mamaba él acariciaba toda mi intimidad, metía sus dedos en mi conchita húmeda. en mi culito, acariciaba mis nalgas, me masturbaba.. Yo me movía encima de él chupando, lamiendo, mamando. Cuando sentimos que ya íbamos a acabar, sacó una toalla que tenía a la mano y acabó en ella y luego me limpió a mí. Yo estaba plenamente satisfecha también. Quedamos en que el próximo encuentro sería aún mejor, mientras tanto nos conformaríamos con mensajitos de texto bien calientes, sex-tex como le dicen...  Tuvieron que pasar varios días para que pudiéramos cuadrar otro encuentro. Esta vez fuimos a un refugio en la llamada Calle de los Hoteles de Caracas. Para esa ocasión me puse un pantalón jean bien ceñido a las caderas, una camisa de botones bien ajustada que dejaba notar mis senos aprisionados en un brassiere push up, botas hasta las rodillas de tacon aguja... Todo pensado para hacer un poco más dificultosa la labor de desvestirme... jejeje.. Quería que mi amante sufriera despojándome de mis ropajes... Al subir a la habitación el deseo ya no nos dejaba obrar con cautela. Besos apasionados, caricias atrevidas... Caímos en la cama devorándonos con los labios, mis manos luchaban con el cinturón, las de él con el cierre de mis pantalones.. Casi me arrancó los botones de la blusa, dejó al descubierto mis pechos y, como nene hambriento, comenzó a chuparlos, morderlos, lamerlos, los apretaba para meterlos juntos en su boca. Mis manos se perdían en su entrepierna, saque su dureza que ya había alcanzado su buen tamaño y también comencé a chupar, mi boca se llenaba de su carne, mi lengua no dejaba un resquicio sin conocer, sus gemidos se confundía con los míos, como pudo me liberó de mi prisión de tela y dejó al descubierto mi intimidad para que también disfrutarla. Se separó de mis pechos y voló hacía mi conchita, húmeda, depiladita, espectante. Y fue un 69 como hacía tiempo que no hacía. Nos devoramos como fieras hambrientas, salvajes, muy excitadas... Y acabamos en nuestras bocas con gritos de placer saliendo de las gargantas... Cuando nos calmamos nos miramos fijamente a los ojos... Y nos besamos confundiendo saliva con líquidos corporales, profundo, suave, divino. Y nos excitamos nuevamente y esta vez sí hubo penetración, despacito primero, profundo después. Mis caderas no cesaban de girar, mis pies apoyados del colchón las levantaron y seguían su ritmo, arriba y abajo, lento, rápido, girando, apretando, gritando, fui potra salvaje y él mi domador, en su espalda quedaron las marcas de mis dedos... Cuando acabamos nuevamente nos quedamos como estábamos hasta que la respiración se calmara, podía sentir sus fluidos y los míos resbalando por mis nalgas dejando en las sábanas de un hotel anónimo de Caracas la prueba de mi infidelidad...
Tuvimos varios encuentros más como éstos, pero debido a los problemas políticos y económicos que enfrenta mi país, él tuvo que despedir a varios de sus empleados y su esposa ahora lo acompaña todos los días para ayudarlo en su negocio, así que nuestras escapadas son muy esporádicas... Pero ya le tengo el ojo puesto a otro vecino de unos pisos más arriba que el mío... Voy a hacer mis movidas y a ver que pasa... Ya les contaré...